MERCURIO MORO / CUENTO

Mientras cruzaba el gélido mar austral, Mercurio Moro, pescador de Punta Arenas, encalló en una isla desierta (aunque ahora podría decirse que no del todo), ubicada a dos horas al sur del continente. Allí se dispuso a trabajar porque, según le informó un tío suyo, desde varias semanas atrás se habían aglomerado importantes bancos de atún. Nunca pensó que, además de sus pescados, cargaría consigo a su propia muerte.

            Mercurio la encontró protegida entre milenarios acantilados y envuelta en mantas de lana. Ostentaba un estado que pudiera llamarse “perfecto”. Los científicos dudan aún de su procedencia étnica y al calcular su edad, dijeron que rondaría los setecientos años aunque parezca eternamente niña. Su postura ¿sempiterna?: muslos contra el pecho, las manos anudadas a las pantorrillas con finos cordeles; la espalda también amarrada a una estera de palos cuya función es mantener recta la cabeza. El rostro velado con paños que quizá quisieron semejar una máscara blanca. Ciertos necios le endilgaron ese feo nombre con el que arbitrariamente bautizan los extranjeros a nuestros seres de poder: shamana. Dedujeron su oficio brujeril por un hermoso anillo de plata coronado por un pato de oro con ojos de blanquísimo cuarzo, así como por los tatuajes de motivos aéreos que revisten ambos brazos y otro más, en su espalda, representando a Yorasangre.

            La prensa (en especial la sensacionalista) y un grueso significativo de la población, centró su atención en la última entrevista de Mercurio Moro, trasmitida por televisión local:

  • ¿Cómo logró usted encontrar la mortaja amén la distancia entre la playa y aquel risco de  tiempos inmemorables?

Preguntó el entrevistador y Mercurio se esforzó en responder:

  • Recién había terminado la jornada. Harté mis redes de atún, tal cual dijo mi tío. Satisfecho, me tumbé en la arena a dormitar. Entrecerré los ojos y miré una luz avanzar a través de mis párpados caídos, como cuando se ve la mancha amarilla del sol en la oscuridad de los ojos cerrados. Busqué el brillo: provenía de las peñas. Corrí hasta mi lancha a buscar el binocular. De vuelta a la playa, el brillo había desaparecido. Revisé cada palmo del peñasco, en las grietas de los riscos, en los arbustos y la hierba. Quizá, pensé yo, era algún pedazo de avión. Volvió a brillar. Aunque borroso, distinguí un bulto y al enfocar correctamente el corazón me dio un vuelco: el rostro de una mujer, sus ojos, apuntaban directo a mis binoculares. Ojos huecos. Hebras de cabellos cenizos le volaban sobre la frente. Mantenía la boca abierta. Bajé el binocular y seguí con la vista fija el brillo entre los peñascos. Podía sentir su mirada seguirme desde la altura. Caminé dos horas al filo de los voladeros y descendí los rocales para llegar a ella. La abertura de la cueva resultó mayor de lo previsto. Allí donde miré el bulto no había nada. Al penetrar las penumbras de la cueva di un paso y con el pie destrocé algo como un terrón, lo levanté y resultó un pedazo de vasija o plato antiguo, en los bordes presumía decenas de símbolos ilegibles. Allí adentro hay un tesoro. También tres cuerpos de niños aprisionados de pies y manos en espera  de alguien quien los rescate. Un escaso destello de sol alumbra sus cabelleras empolvadas ¿cómo serán ellos? ¿Cómo sus rostros, la expresión de sus bocas? ¿Conservarán aún sus dientes?  Los ojos deben parecer vanos secos como los de ella. ¿Serán sus hijos o su alimento? ¿Penará por ellos o sus almas le servirán de esclavas en el otro lado? Juzguen, si pueden, mi terror al ver, en un altar pétreo, a Ella, envuelta de pies a cabeza con una manta, velado el mismo rostro que ya me había mirado. La escuché gruñir, desesperada, ansiosa de que cumpliera yo con arrancarla de su prisión y le librara sus ojos y su boca dañina. Tuve miedo. Debí ser más fuerte, resistirme y no traerla. Ahora sé que me embrujó. Todavía la miro aunque cierre mis ojos. No cesa de atormentarme. Permitan, por el bien de nuestra patria, regresarla a esa cueva. Vayamos todos, traigamos esos niños y préndale fuego a ella y a lo demás.”

            La entrevista sucedió anteayer. Hoy nos ha dejado el simpático pescador Mercurio Moro. Ante todo lo recordaremos como un hombre honesto. Sus disparates y mensajes ya los están escuchando en el otro mundo. Describir el hallazgo del engarruñado cadáver de Mercurio en su oscura choza de la playa, es digno de los mejores cuentos de horror. Aún el torpe policía (valga la redundancia) asignado a realizar el informe, parece hábil narrador con tan sólo enumerar las piezas del cuadro. Mas al ser reciente el deceso no pecaremos, amén la tentación, de profundizar morbosidades.

*Publicado por primera vez en el año 2019 en la revista El Ojo de Uk:

Ilustración del perverso maestro Toshio Saeki.

Publicado por Juan de Dios Maya Avila

Juan de Dios Maya Avila (Tepotzotlán, 1980) Egresado de la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha colaborado en diversas revistas, diarios y antologías literarias nacionales e internacionales. Miembro del consejo editorial de la revista El Burak, también formó parte de la redacción del suplemento de libros Hoja por Hoja. Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en los periodos 2006-2007 y 2007-2008. Ganó el Concurso Internacional de Cuento, Mito y Leyenda Andrés Henestrosa 2012 con la obra La venganza de los aztecas (mitos y profecías) misma que publicó la Secretaría de Cultura de Oaxaca y que en 2018 fuera traducida parcialmente por la Texas A&M International University. Becario del Fondo para la Cultura y las Artes en el periodo 2015-2016. En 2018 la editorial Resistencia le publicó el libro de cuentos eróticos Soboma y Gonorra. Becario del Pecda Estado de México en 2019 y beneficiario en este mismo año del programa Pacmyc por la creación en 2013 del Concurso Estatal de Cuento y Poesía para Niños y Jóvenes San Miguel Cañadas Tepotzotlán. Se publicó, gracias a este apoyo, la antología Érase un dios jorobado (Ediciones Periféricas, 2019). A finales del 2019 ganó el Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés con el cuento “Díptico disléxico”. En 2020 publica el libro de crónicas El Jorobado de Tepotzotlán (Literatelia, 2020)

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